Refiriéndose a lo armonía universal el matemático y filósofo francés Henri Poincare escribió en su libro El valor de la ciencia lo siguiente: «Los hombres piden a sus dioses que prueben su existencia con milagros, mas la eterna maravilla es que no haya incesantemente milagros. Por eso, -continúa Poincare-, el mundo es divino, puesto que por eso es armonioso».
Es armonioso decimos nosotros porque las leyes físicas que hoy lo rigen en determinado lugar son las mismas que regirán dentro de siglos y en la más alejada galaxia. Así como a la música la hace armoniosa el regirse por los cánones de los acordes consonantes, las leyes de la naturaleza siguen también cánones que como los de una obra musical son expresables en el lenguaje de la matemática. A veces cambia la forma de la expresión matemática que regula la ley, pero la armonía de ésta permanece. Así se tiene, que la atracción gravitatoria universal se expresó por la fórmula de Newton en un principio, hoy lo es por las ecuaciones de Einstein, pero la realización es la misma en la naturaleza que es donde reside la armonía universal la cual, según expresó Poincare, es la única realidad objetiva.
El sometimiento a la matematización de la música, análoga a la de la ciencia, es uno de los factores que la hace armoniosa. Es así que el filósofo alemán del siglo XVll Leibniz escribió: «La música es la alegría inconsciente del alma que calcula sin saberlo».Y también: «La música es la imitación de la armonía universal incluida por Dios en el mundo». Todavía sobre el tema, el escritor ruso Boris Kuztnesov dice en su obra Einstein, Vida, Muerte, Inmortalidad refiriéndose a la música de Mozart, que en una nota, en un acorde, se encuentra la encarnación de la totalidad de la obra. Vemos aquí de nuevo en la música, la matemática y por ende la armonía universal, pues esto de la totalidad reflejada en cada parte es característica definitoria de entes matemáticos llamados fractales.
La música y la ciencia como exponentes de la armonía universal, se manifiestan por doquier. He narrado en varias opotunidades que estaba presente en una clase de Física del profesor Gran en la Universidad de la Habana, cuando éste al terminar de explicar las ecuaciones de Maxwell, famosas por su elegancia, dijo: «Al comprenderlas, ¿no escuchan como una música?». Los que en esa ocasión escuchamos con Gran la música de las ecuaciones de Maxwell, tenemos la suerte de oír algo semejante ante un bello producto de la razón. Y nos parece -guardando las enormes distancias- estar en una situación como la de Salieri escuchando mentalmente una obra de Mozart en aquel recordado filme, Amadeus.
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